La trayectoria profesional de Min Chen solo logra capturar un fragmento de su esencia. Es fácil encasillarla sencillamente en la definición de ‘emprendedora’, pero sus logros alcanzan mucho más que el aspecto empresarial, y busca incluso cambiar estereotipos sobre las niñas y las ciencias. No obstante, ella asegura que su aventura apenas comienza.

Este año muchas de sus satisfacciones han surgido a partir de la organización Women in Engineering (WIE), dedicada a la promoción de mujeres en la ingeniería y las ciencias. Min funge como presidenta del capítulo panameño desde 2014 y, bajo su gestión, este fue elegido como el más destacado del mundo. Por ello, la ingeniera se convirtió en la invitada especial a la reunión mundial del comité de WIE en Dubái este año.

Uno de los programas más sobresalientes que ha salido de WIE Panamá, por iniciativa de Min, es STAR. Este busca combatir el mensaje de que la ciencia e ingeniería no son para niñas, a través de intervenciones educativas en escuelas públicas. Al escuchar sobre él, la vicepresidenta de la República Dominicana, Margarita de Fernández, invitó a Min a dar una presentación que inspirara y motivara a mujeres jóvenes, como parte de la Semana de la mujer 2016. Para ella fue una experiencia emotiva, pues diez años antes había viajado al país caribeño con el primer proyecto de su empresa Alcenit.

El programa STAR ganó un fondo del Fulbright Alumni Engagement Innovation Fund, que cada año elige las soluciones más innovadoras a distintos desafíos globales. En este caso, fue seleccionado bajo la categoría ‘empoderando a mujeres y niñas’ junto con siete programas más, ningún otro del continente americano.
Min también viajó como ponente a la conferencia internacional de liderazgo de WIE este año, en Silicon Valley. Aprovechando esa coyuntura, la ingeniera visitó compañías como Google y el acelerador de empresas Y Combinator, uno de los más reconocidos a nivel mundial, en busca de ideas innovadoras e inspiración para traer a Panamá.

Pero su liderazgo no se limita a las actividades de WIE. Este año, su primera empresa cumplió una década. Alcenit, que significa “subir al cenit”, no quiere decir llegar a la cima, sino escalar hacia algo que siempre estará por encima de uno. “Para mí simboliza la mejora continua”, sostiene. El nombre refleja su misión, la de ayudar a otras compañías a volverse más productivas y competitivas a través del uso de las tecnologías de información.

El 2016 también significó el nacimiento de su segunda compañía, Redoxigen, una fábrica de innovación cuyos productos son startups de alta tecnología. Su primer producto, WiSy, fue semifinalista en la competencia internacional GIST Tech-i (en Silicon Valley) en el que más de mil startups de 104 países participaron. El segundo producto en desarrollo, Interfase, es un juego de realidad aumentada con el que pretende poner a Panamá en el mapa del comercio móvil.

Ruta de desafíos 

Fuera de las paredes de su empresa, la energía y curiosidad de esta emprendedora la han llevado a luchar contra estereotipos y atraer a las chicas a la ciencia e ingeniería.

El camino de Min a nivel empresarial no ha estado libre de desafíos. Su historia empezó el día en que se marchó de China comunista, a los cuatro años, para reencontrarse con su padre. El ingeniero eléctrico y electrónico había llegado a Panamá meses antes, sin conocidos ni dominio del idioma español, pero con 800 dólares en el bolsillo y muchas ganas de ofrecerle un mejor futuro a su familia.

El primer regalo que le brindó a Min su nuevo país fue un hermano menor, pues en China las parejas no podían tener más de un hijo. Su niñez en Colón también le ofreció las herramientas tempranas que la prepararían para un futuro de emprendimiento. Este camino lo inició entre los 12 y 18 años, cuando apoyaba a su padre en su electrónica. “Lo ayudaba en negociaciones, traducción de contratos, escribiendo las cartas o lo acompañaba a las reuniones”, revela.

A través de su ejemplo comprendió la importancia de una buena educación, pues fue testigo de las distintas crisis de las que su padre resurgió gracias a su preparación académica. “La educación es muy importante en la cultura china. Podemos no comer pero no educarnos no es una opción. Es lo único que nos ha sacado de todas las crisis que hemos pasado”, asegura, refiriéndose no solo a su familia sino a su país de origen.

Te puede Interesar:  Ser papá, el mejor oficio del mundo

Pero las dificultades y el estrés que experimentaron sus padres a raíz de tener su propio negocio la convencieron desde pequeña de tomar un rumbo distinto. No tendría su propia compañía, pero utilizaría su educación para conseguir posiciones importantes en empresas grandes. Esa sería la clave de su felicidad. Así, se volcó a trabajar mientras estudiaba su licenciatura en ingeniería informática. En tres años ya había logrado lo que pensó que la haría sentir realizada.

“Trabajé en startups, empresas de alta tecnología, consultoras y centros de investigación”, recuerda. “Mi último empleo fue en una compañía que ahora es parte de Oracle, una de las empresas de software más grandes en el mundo, como consultora para Latinoamérica. Tenía 23 años”.

A pesar de que ganaba hasta el triple que sus compañeros de la universidad, no tenía tiempo para disfrutarlo. Se sentía infeliz y su salud estaba afectada. Fue entonces que decidió hacer una maestría en el exterior. Quería aprender a manejar los proyectos de software correctamente, pues en ninguno de sus empleos había visto que funcionaran, cada uno por un motivo distinto.

El haber trabajado desde tan joven le permitió ganarse una beca Fulbright para continuar sus estudios. Aplicó a varias universidades en Estados Unidos, incluyendo Carnegie Mellon, cuya maestría fue la que más le llamó la atención, sin saber en ese momento que se trataba del mejor programa en ingeniería de software en el mundo.

“Cuando me aceptaron yo no lo podía creer, pensé que me habían confundido con otra china”, dice riendo. “Las otras universidades que no estaban tan ‘rankeadas’ no me admitieron y la beca era condicional a que me aceptaran en alguna”.

Cambio de planes
La maestría duraría 18 meses. Durante los últimos seis, Min se dedicó a prepararse para fundar su empresa en Panamá. Ya había investigado sus opciones de empleo en el país, solo para darse cuenta de que el panorama no había cambiado mucho desde su partida. Regresaría a un ambiente en el que no le permitirían aplicar sus nuevos conocimientos efectivamente.

“Me tuve que tragar mis palabras de que nunca establecería mi propia empresa”, agrega, pero a lo largo de la última década no ha mirado para atrás. No siempre ha sido fácil, asegura, pues emprender significa enfrentarse a uno mismo. Para ella implica además ser optimista y tener autoconfianza, sin dejar de ser lo suficientemente humilde como para aceptar tus equivocaciones y pedir ayuda.

Lo que distingue a esta ingeniera es su capacidad de mantenerse humilde y a la vez curiosa. Sus amigas cercanas la describen como “generosa, creativa, alegre y abierta a nuevas experiencias”.

Estas características la han llevado a involucrarse constantemente en actividades que la saquen de su ‘zona de confort’. Este año incursionó en clases de canto, tras crecer convencida de que no tenía talento para aquello. Para su sorpresa, aprendió no solo que tiene una voz de soprano sino también un buen oído musical.

“Hay ciertos tonos que solo un músico o un cantonés pueden detectar, porque el lenguaje en sí tiene nueve tonos y cada uno significa algo diferente”, detalla.

El universo de Min es infinito y se está expandiendo constantemente. Así lo percibe ella. Al preguntarle, considera que su éxito en un oficio dominado por hombres en parte se ha dado porque nunca creyó en los estereotipos, aunque admite entre risas que varias veces han llamado a su oficina preguntando por “el señor Min Chen”.

“Muchas mujeres tienen esa necesidad de demostrar algo, de romper el ‘techo de cristal’, pero yo no creo que exista un techo de cristal”, sostiene. “Y, ¿por qué tendría que demostrar algo? Yo simplemente soy”.