A 80 kilómetros de Venezuela, se encuentra la isla de Bonaire -un municipio especial de los Países Bajos en el Caribe Sur- uno de los sitios más aclamados por los turistas de todo el mundo por sus playas paradisíacas y su diversidad de riqueza natural que le han merecido el apodo de ‘la capital mundial del buceo’.

Una parada de crucero en esta pequeña isla caribeña resulta perfecta si lo que busca es tranquilidad y paz mental, ese contacto a solas con la naturaleza o simplemente relajarse mientras toma el sol.

Actualmente, Bonaire tiene apenas una extensión aproximada de 288 kilómetros cuadrado y una población de cerca de 19 mil habitantes.

En barco pirata y desde las profundidades

Al desembarcar en el puerto de Kralendijk, capital de la isla, la primera experiencia es abordo del Samur, un barco velero de madera de más de cien años que llegó a Bonaire desde Tailandia.

Yelina Pérez | Revista MIA
Christian Schultheiss recibe a los pasajeros en el velero Samur para llevarlos a la pequeña Bonaire.

Mientras el capitán y propietario Christian Schultheiss maniobra el timón, el ayudante y guía cuenta la historia de la isla, el origen del velero y sobre la diversidad marina que hay en Klein Bonaire (pequeña Bonaire). Este es un islote deshabitado de tan solo seis kilómetros cuadrados de superficie que en 1979 fue declarado Parque Nacional Marino de Bonaire, ya que posee cuevas, refugio de una colonia de tortugas y rayas marinas. Su arrecife de coral se puede apreciar a poca profundidad y a unos metros de la costa, ya sea, haciendo snorkel o buceando.

Con snorkel se pueden apreciar los arrecifes de corales.

Este pequeño paraíso es una de las reservas marinas más antiguas del mundo y abarca 2 mil 600 hectáreas de arrecifes de coral, que lo convierte en un atractivo de visita obligada para el turista.

Una vez en alta mar, a bordo del Samur, la brisa caribeña y el cantar de las aves acompañan al visitante mientras disfruta de un aperitivo. Luego de 20 minutos de recorrido, el barco esconde sus velas y se ancla a unos cuantos metros del islote y unas pequeñas lanchas terminan de llevar a los visitantes a la orilla de la playa, rodeada de pequeños arbustos verdes en toda su extensión y ruinas de antiguas viviendas de esclavos.

Casi en la orilla, se puede apreciar con snorkel, la infinidad de peces de colores y tortugas marinas que usan el lugar para anidar.

De safari

De regreso al puerto, la aventura continúa. Allí espera un auto con capota, bancos largos y ventanas descubiertas, que lleva a los turistas de safari por las costas Bonaire que no es cualquier viaje pues su destino son los manglares de Lac Bay.

Al norte de la isla, se presentan elevaciones montañosas, cuya mayor altitud es el monte Brandaris de 240 metros. La carretera por este sitio es muy desigual y sin asfalto por lo que es recomendable agarrarse fuerte. Casi al centro de Bonaire se encuentra el Lago Goto, habitado por unos 20 mil flamencos de plumaje color melón y pico negro.

Yelina Pérez | Revista MIA
Los flamencos son el ave nacional de Bonaire.

Estas aves, que generalmente se desplazan en grupos, no suelen ser muy sociales, pero tampoco son agresivas, de modo que se pueden fotografiar y en algunos casos hasta interactuar con ellas.

Bonaire, junto con Aruba y Curacao, posee una de las plantas de desalinización de agua y procesamiento de sal más sofisticadas del mundo.

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Cerros de sal en Bonaire. En el centro, se puede apreciar Playa Rosada.

Al llegar a Lac Bay, enseguida se aprecia el impresionante color del agua de mar. Con suerte, se pueden observar las grandes tortugas nadando por sus costas.

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Tortuga marina en Lac bay.

Recorriendo el manglar

Al llegar a Lac Bay, subimos en un bote inflable y emprendimos la aventura hacia los manglares que se encuentran al sudeste de la isla de Bonaire y suponen una importante fuente de alimento para la supervivencia marina del mar Caribe.

 

Yelina Pérez | Revista MIA
Manglares de Lac Bay en Bonaire.

Los manglares de Lac Bay tienen más de 850 años y son únicos en la región caribeña. Además, en el sitio se pueden encontrar cuatro especies diferentes de manglares. Las raíces de éstos árboles están adaptadas especialmente para filtrar la sal del agua del mar y de este modo los animales que allí viven pueden consumir agua fresca.

Lo divertido es que al volver del manglar, el turista puede darse un chapuzón en el mar turquesa, de aguas calmadas, sin oleajes, regalan horas de relax.

Pero si el plan es descansar y tomar el sol frente al mar, está Playa Rosada, ubicada en el extremo sur, donde el tiempo simplemente parece detenerse mientras el mar murmura secretos y acaricia la fina arena rosa.

Pero no puedes irte de Bonaire sin antes probar las delicias gastronómicas que ofrece. Los visitantes pueden escoger desde comida caribeña hasta platillos gourmet de diferentes países como Indonesia, China, Surinam, Francia e Italia. Definitivamente, Bonaire lo tiene todo.

Yelina Pérez | Revista MIA
En Karel’s Beach Bar se pude disfrutar de la brisa caribeña.

Un poco de historia

Los Arawak fueron el pueblo aborigen de Bonaire y quienes le llamaron Bojnay (tierras bajas). También estuvo poblada por grupos de indios caiquetio.

En 1499, Bonaire fue colonizada por los españoles Alonso de Ojeda y Américo Vespucio, quienes esclavizaron a los aborígenes que luego enviaron a atender las plantaciones en América del Sur. Sin embargo, en 1634, los holandeses arrebataron Curazao a los españoles, pues necesitaban una base naval en su guerra contra ellos. Entonces, Bonaire y la vecina Aruba cayeron en manos de los holandeses en 1636 y son colonias holandesas hasta hoy.

Actualmente, en Bonaire, se hablan cuatro idiomas. El holandés es el idioma oficial, el papiamento se utiliza en la vida diaria con amplia aceptación. El inglés y el español son también parte de la tradición.

Yelina Pérez | Revista MIA
Periodistas de Panamá y blogueras de Argentina y Colombia a orillas del manglar Lac Bay.

 

Viaje cortesía de Pullmantur.

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