Salgo de mi cuarto y lo primero que veo son los hermosos árboles en la jungla de Ubud. Son las seis de la mañana. Me tomo un té y salgo a contemplar el amanecer desde los campos de arroz que quedan en mi “barriada”, en la isla de Bali, Indonesia.
Todas las mañanas el cielo cambia de colores entre morados, rosados y amarillos, mientras el sol se asoma por detrás del volcán Batur. Los pájaros cantan y los agricultores me saludan con emoción.
Tengo 24 años, y en enero de este año, tomé mi mochila en Panamá y partí sin fecha de regreso.
A los siete años, en medio de los rascacielos de Nueva York (era mi primera visita a la Gran Manzana), le dije a mis papás que lo que más quería en esta vida era viajar por el mundo. La ciudad llena de gente y con un poco de todo por hacer me despertó esas ganas de explorar.
Me imaginaba viajando a grandes ciudades, modernas y cosmopolitas. Hoy no me interesan las grandes ciudades.
El “viaje de mis sueños” fue cambiando gradualmente de hoteles de lujo en playas paradisíacas a una mochila por el sureste asiático.
El giro comenzó cuando terminaba mi carrera de Relaciones Públicas en Estados Unidos. Empecé a desarrollar un gran interés por la práctica del yoga, la espiritualidad y el wellness. Cuando vivía en Barcelona, me di cuenta de que nunca había valorado todo lo que tenía y que llevaba una actitud pesada. Digamos que ya ni yo me soportaba. Esto me llevó a darme cuenta de que debía ser más agradecida, positiva y feliz, y que nada ni nadie más que yo podía darme esa paz. Con la ayuda de una coach, utilicé el yoga, mi alimentación y la espiritualidad como herramienta para transformarme. Para mí la espiritualidad no es una religión, es conectarme con algo más grande que yo, vivir con compasión y trabajar para ser una mejor persona todos los días.
Ahora estoy en Bali justo haciendo eso. Regreso de mi caminata por la naturaleza y tomo mi moto para viajar media hora a mi clase de yoga. No estoy muy segura hasta cuándo ni adónde iré después. Por el momento estoy feliz y eso es lo que importa.

AURORA BRENES ELETA
También entregué mi ofrenda a Ganga Yi.
AURORA BRENES ELETA
Los rituales nocturnos a orillas del Ganges terminan con una canción de cuna al río.

Primera parada: India con papá y mamá
Todo empezó con querer ir a la India a practicar yoga y aprender sobre ayurveda de uno a dos meses. El viaje se hacía más y más largo en mi mente, hasta que decidí no tener fecha de regreso. Más fácil, ¿no?
Esto puede sonar aterrador para muchos y créanme que para mí también lo era, un poco. Por suerte no me marché sola. El 16 de enero tomé mi mochila y me fui con mamá y papá. Sí, así fue.
Cuando decidí ir a India, sin saber que iba a seguir viajando después, mi mamá decidió acompañarme y compartir un pedazo de esta experiencia conmigo. Mi papá no estaba muy convencido, pero se unió. Fueron ellos los que me dijeron que me tomara más de dos meses, que considerara irme el año entero.
Después de muchas conexiones y horas de vuelo, llegamos a Nueva Delhi molidos y llenos de curiosidad. La gente puede decir mucho de India, pero realmente hacerse ideas es por gusto, hay que vivirlo para entenderlo.

AURORA BRENES ELETA
En Katmandú, con mis papás Mercedes Eleta de Brenes y Roberto Brenes.

Olor a sándalo y sabor a curry
Fue un shock llegar y adentrarnos en el tráfico descomunal y ver las vacas en medio de las calles. La pitadera era constante y extrema, pero a nadie parecía molestarle. Luego entendimos que es una manera de comunicación.
Las primeras dos semanas de viaje estuvimos saltando de un lugar a otro al norte del país. Visitamos Delhi, Agra, Jaipur y Udaipur. Vimos el famoso Taj Mahal y los palacios de los maharajás, pero lo más hermoso fue entrar a los templos cuando era hora de ceremonia. El olor a sándalo, los colores de las guirnaldas que se utilizan como ofrenda y los cantos que recitan los brahmanes y los devotos crean una escena de fantasía. Nos contagiaba de un sentimiento de gozo e inmensa conexión, aun cuando no participáramos directamente del acto.
Lo otro emocionante era la comida. Es increíble la variedad de platos vegetarianos que ofrece la cocina india -soy vegana-.
Vegetales en diversas variedades de salsas y especias como masala, curry, azafrán y comino. Tanto el olor como el sabor de la comida es una combinación de dulce y salado con poco o mucho picante, y sus colores son cautivadores.
Pedíamos un poco de todo para compartir, así que cada comida era un festín con arroz biryani y naan. Mi plato favorito fue thali, un almuerzo que está compuesto de pequeñas porciones de diferentes platos de la India, que varían regionalmente.

La magia de Varanasi
Muy bonito todo, pero ya me estaba aburriendo dentro de un bus de un lugar a otro. Quería experimentar la verdadera India y no fue hasta que llegamos a la ciudad sagrada de Varanasi que me sentí saciada.
Esta ciudad antigua de casi cinco mil años es considerada la capital religiosa de India. Al estar ubicada a las orillas del venerado río Ganges, es la ciudad más sagrada del hinduismo. Es considerada el centro del universo cósmico y la tierra de moksha (liberación). Según los hindúes, las aguas del río Ganges son sagradas y pueden absolver todos los pecados.
Lo que realmente distingue a Varanasi de las otras ciudades son las cremaciones. Muchas personas vienen a morir a esta ciudad ya que se cree que al morir en Varanasi y ser cremado a la orilla del río se cruza una puerta directa al cielo, asegurando la liberación de samsara (el ciclo de reencarnaciones).
Desde muy temprano en la mañana, se ve a miles de personas en las riberas del majestuoso río, rezando, bañándose, recibiendo bendiciones de brahmanes o preparando los rituales previos a las cremaciones. Muchos son locales, pero cientos de ellos son peregrinos de todos los rincones de la India con el único propósito de presentar respetos al Ganga Yi (Madre Ganga ) y pedir la absolución de sus pecados. Otros, como nosotros, turistas también, son parte del espectáculo.

India despierta todos los sentidos y crea una ola de emociones. Puedes entrar a un palacio donde aún habita una familia real y salir a una pobreza extrema donde la gente no tiene agua potable ni electricidad.

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Junto a un sadhu en Varanasi.

Sentada frente al Brahman
Todas las noches a orillas del río se lleva a cabo el Ganga Aarti. Es un ritual de fuego para agradecer y venerar a la diosa Ganga. Los brahmanes hacen un espectáculo con velas de ghee y cantos como ofrenda a Ganga y otros dioses como Shiva. Vestidos con su mejor atuendo, bailan frente a su altar que contiene inciensos, un caracol, guirnaldas, una campana y otras ofrendas.
La música, los bailes y las luces atraen a miles de locales, peregrinos y turistas a observar desde barcos flotando sobre el río o desde la orilla. La ceremonia demora aproximadamente una hora y termina con una canción de cuna para poner a dormir al dios Ganga hasta el día siguiente.
La primera mañana en Varanasi bajamos bien temprano a la orilla del río a ver el espectáculo devocional. Al llegar me senté frente a un brahman con los ojos cerrados y coloqué mis manos para que me diera las ofrendas que luego llevaría al río.
Él empezó a recitar el gayatri mantra en alto y yo repetía. La energía fue realmente incomparable a nada que haya hecho antes. Al finalizar el canto, él procedió a pintarme la frente en representación a Shiva, uno de los tres dioses más importantes del hinduismo. Para terminar la bendición, caminamos a la orilla donde hice mis ofrendas como agradecimiento al río por su protección.
Entonces, llegó la despedida de mis padres. Fue más difícil de lo que pensé, especialmente después de compartir esas tres semanas juntos. Estábamos ansiosos, pues me iba sin mucho rumbo y no sabíamos cuándo nos volveríamos a ver —aún no lo sabemos—. A la hora de decir adiós, hubo muchas lágrimas, de tristeza, de emoción y de felicidad.
India es la tierra de los extremos, despierta todos tus sentidos y crea una ola de emociones. En el mismo lugar puedes encontrarte dentro de los hoteles más lujosos del mundo o en un palacio donde aún habita una familia real y salir a una pobreza extrema donde la gente no tiene agua potable ni electricidad. Es un espejo de la realidad que se vive en el mundo entero.
Allí comenzó mi aventura.