Delicados cuadros de empolleradas e indígenas ngäbe, como los que intentan cobrar vida en la pared roja del recibidor de su casa, son parte de las obras icónicas del pintor y escultor Iván Delgado.

Desde su llegada al istmo, hace más de cuatro décadas, el artista de origen ecuatoriano se ha dedicado a estudiar el folclor panameño. Él es un convencido de que “la verdadera cultura no está en la ciudad, sino en los campos, donde sus habitantes son los guardianes de los secretos y las tradiciones”.

Iván Delgado es reconocido por sus cuadros de empolleradas e indígenas panameñas.

Fue en las tierras canaleras donde Delgado conoció a su musa “de siempre”, su actual esposa Marisela, con quien tuvo a su hijo Nelson Iván, quien hoy sigue sus pasos en el arte. No es de extrañar entonces que el pintor se autodenomine “panameño de corazón” y que muchas de sus obras resulten un homenaje a las costumbres locales.

Más allá de crear sus cuadros y esculturas de bronce, como la de Simón Bolívar ubicada en el patio del Palacio Bolívar o el busto de Gaspar Octavio Hernández en el parque de Santa Ana, Iván Delgado tiene una pasión que desarrolla hace alrededor de 30 años y la cual confiesa disfruta plenamente: Enseñar a dibujar a personas y potenciar sus talentos al máximo.

Iván Delgado, el profesor
Si entrar en la casa de Iván Delgado, en Bethania, es ver materializada la belleza, internarse en su estudio es ir a la génesis misma de la sublimidad.

El artista también dicta clases de pintura a artistas emergentes. Junto con sus alumnos prepara la exposición colectiva Los senderos del arte que estará expuesta en la casa matriz del Banco nacional hasta el 24 de junio.

Diez grandes caballetes dispuestos alrededor de la habitación sostienen diferentes cuadros. Unos apenas en bocetos, otros a punto de ser terminados. Algunos son óleos, otros pasteles. Desde nostálgicos rostros humanos, pasando por una ninfa entre ramas de árboles, hasta paisajes y bodegones con elementos del campo, son algunos de los temas reproducidos sobre lienzo o papel.

Frente a estas obras se encuentran sus autoras, mujeres maduras, sentadas sobre banquillos, con pinceles o lápices en mano, ‘echando un ojo’ al mínimo detalle. Su tarea es reproducir fielmente la imagen ubicada al lado de cada cuadro, que tienen como referencia para buscar la perfección en su pintura.

Las alumnas son artistas emergentes y hacen parte del grupo de 47 alumnos (45 mujeres y 2 hombres) a quienes el profesor Iván Delgado les imparte clases de pintura una vez por semana. Algunas solo llevan cuatro meses, mientras que otras ya tienen varios años aprendiendo las técnicas.

Treinta y tres de las pinturas que se realizan en estas clases serán parte de la muestra colectiva Los Senderos del Arte, presentada por el Banco Nacional, que se exhibe hasta el 24 de junio.

El método de enseñanza del maestro Delgado es acompañar y guiar a sus alumnas en el proceso creativo, para que no desistan.

Delgado afirma estar contento y agradecido con esta oportunidad, pues reconoce que es una ventana para dar a conocer el “gran trabajo” de los nuevos talentos. “Vamos a mostrar lo que estas personas son capaces de hacer. Ellos, en su mayoría, no habían tenido contacto con el arte antes de entrar en mi taller, y ahora están haciéndolo. Es una experiencia grandísima para ellos”, dice.

Transmitiendo el conocimiento
En la habitación donde se dictan las clases, el ambiente es apacible, relajante. Resulta tan fascinante ver a cada artista en una comunión sagrada con su pintura, que una solo se limita a observar cada trazo, cada pincelada, y a escuchar los vallenatos y reguetones que emanan discretamente de las bocinas alrededor del lugar, que en ocasiones son coreados de forma espontánea por alguna de las artistas.

Esa calma, solo es interrumpida, sutilmente, cuando Iván Delgado se acerca a cada una de sus alumnas para darles alguna instrucción o hacerles una acertada corrección.

“Dele un par de trazos de luz en el cabello y luego vamos al rostro”, le dice a Debora Solanilla, que dibuja con pasteles el rostro de una niña. “Lo importante es ir buscando la intensidad en los tonos”, le comenta a Lissie Endara, mientras le da una espontánea pincelada azul al boceto.

Así va recorriendo el salón y pacientemente le muestra a la señora Gabriela Bremner que pinta un búho, la forma correcta de difuminarle el ojo negro “con un poco de óleo amarillo para que cobre vida”; o le sugiere a Lina Echevers, que pinta una rosa entre las manos de una especie de diosa, que utilice un pincel más delgado, “que no se lleve el color”.

Gabriela Bremner retoca su lienzo en casa del pintor Iván Delgado.

Delgado reconoce que su método de enseñanza, de acompañamiento, busca que sus pupilas aprendan y no se desmotiven.

“Yo lo comparo como cuando uno tiene un bebé: Él está gateando, cuando usted le da la mano, se para, va cogiendo confianza y poco a poco camina solito; si usted lo suelta, se cae”.

“Este madero de aquí está más distante que como aparece en la foto”, corrige a Gloria Alvarado que pinta al óleo una canoa en un solitario anochecer. Entonces, el maestro me revela una de las lecciones más importantes de su taller. “Aquí nada se daña. Yo les demuestro con hechos cómo se puede recuperar algo que parecía dañado”.

Delgado cree que “pintar es una terapia para el alma, que le permite a las personas expresarse” y reconoce que sus talleres y su forma de enseñar tiene su lado motivacional. “La idea es más que todo elevar la autoestima y hacerles sentir que son capaces de lograr algo que nunca en su vida pensaron”, expresa.

Debora Solanilla dibuja el rostro de una niña en la técnica de pastel. El cuadro se titula “Inocencia”

De acuerdo a la experiencia con sus alumnos, Delgado es creyente de que cualquier persona puede ser artista. “El adagio que reza que el artista nace, no se hace, está en tela de duda. Aquí aprendemos”. Subraya que solo se necesita pasión y disciplina. “Como todo en la vida, si uno hace la cosa por pasar, va a quedar vacía; pero si lo haces con pasión y el conocimiento agregado, el resultado es el éxito”, afirma, agregando que también es necesaria la insistencia, la persistencia y la constancia.

Iván Delgado exhorta a las personas que tienen en su poder la posibilidad de ser una ventana para difundir más la cultura artística, que lo hagan, para que los artistas vivan dignamente de su profesión. “Que colaboren sobre todo con la gente que está comenzando. Lo digo porque yo también pasé por eso y sé lo duro que es cuando uno pinta una obra y espera un mínimo de reconocimiento, y en vez de eso, le cierran la puerta en la cara”.

Con un rico y suave café ecuatoriano, que el profesor sirve a sus alumnas con galletas a la hora del receso para evaluar el trabajo del día, finaliza nuestra conversación. No sin antes recibir una invitación para volver al taller, como alumna. Delgado está convencido de que cualquiera tiene madera de artista.

¡Algo más!

  • Iván Delgado estudió en la academia de Artes Aplicadas Daniel Reyes en San Antonio de Ibarra, Ecuador.
  • Su formación es en arte clásico, por eso dicta los talleres a través de un proceso evolutivo: Primero, los alumnos se copian de imágenes existentes y van aprendiendo la técnica de lápiz, luego carbonci
    llo, pastel y óleo.
  • Le apasiona retratar la figura humana, “con o sin telas, especialmente dentro del ambiente folclórico”, dice.