Desde los años cincuenta, cuando fue descubierta para el consumidor occidental, la isla de Bali, en el archipiélago indonesio, se ha mantenido entre las primeras posiciones de la lista de favoritos del turismo mundial. Ubud, el poblado más ‘trendy’ de la provincia, cierra el ‘Top Ten’ 2016 de TripAdvisor.

Bali Indonesia ViajeAna Cerrud | Revista MIA
El saludo balinés ‘Om Swasti Astu’ significa “la paz de los dioses que derraman sus bendiciones”.

Llegar a Bali es una experiencia espiritual. No por su religiosidad, ni por la evidente presencia de sus muchos dioses hinduistas (literalmente omnipresentes) y sus costumbres budistas (que marcan la rutina diaria), ni por el peregrinaje obligado por más de un aeropuerto si se viaja desde Occidente, sino por la armonía dominante: todo está donde tiene que estar… nada falta ni sobra, ni siquiera el inesperado recién llegado, aunque sea uno de los cuatro millones de turistas que la isla recibe al año, una población flotante que supera la propia, de solo 3.5 millones habitantes.
El mar es azul, el entorno es verde frondoso y lleno de flores, el cielo cambia colores en respuesta disciplinada del trayecto del sol radiante y todos alrededor sonríen.
Es la isla feliz, la isla de los mil templos, la isla de los dioses, la isla de la armonía.
Para los confundidos, un gran letrero avisa en el aeropuerto: Estoy en Bali.
El saludo balinés, el más tradicional -Om Swasti Astu- es un saludo de paz, “la paz de los dioses que derraman sus bendiciones”. Y no es cualquier cosa, es un deseo de “salud espiritual”, que por la sola acción de la latitud del planeta donde se formula, resulta convincente y, por eso, eficaz.
Toda la isla, rica en historia, cultura y tradiciones, con vocación artística y artesanal, próspera y estable, una de las provincias con mayor ingreso per cápita de Indonesia, país al que pertenece, parece encomendada a “sanar” al visitante.
Pero la puerta de Bali, aunque cuenta con aeropuerto internacional propio, debe ser Yakarta (en la isla de Java), donde todavía se aprecia el pasado colonial holandés de tres siglos en los edificios públicos y en la terminología de servicios y administración.
La plaza Fatahillah, en el barrio viejo o Kota Tua sigue siendo el lugar de encuentro y corazón de la ciudad y donde confluyen todas las etnias y corrientes religiosas de Indonesia, que es el país con mayores fieles musulmanes.
Como experiencia introductoria a las antípodas, The Dharmawangsa, hotel que toma nombre de uno de los antiguos reinos insulares, se erige custodio del mejor estilo arquitectónico colonial, con jardines edénicos que, dicen, es donde recala Richard Gere cuando ha ido al Tibet, a ver al Dalai Lama.
La ciudad es cosmopolita y moderna y está abocada a un proceso de renovación por el que apuestan las nuevas autoridades democráticas del “nuevo orden” político.
Java guarda también en su suelo rastros de los primeros asentamientos humanos, con más de dos millones de años de antigüedad, lo que da cuenta de su importancia estratégica y comercial desde la prehistoria.
Todo el archipiélago indonesio se extiende a lo largo de un trazado similar al territorio continental de Estados Unidos, de costa a costa. Con esa comparación en mente, la isla de Java sería la costa oeste y la isla de Papúa, la más distante hacia el este.

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Una de 17 mil islas
En esta encrucijada del vasto Océano Índico, en territorio insular y tropical de exuberancia natural, entre todas las 17 mil islas indonesias, Bali se ha convertido en un sinónimo de refugio, destino “apartado y secreto” (incluso aunque ya no lo sea tanto) en el que cualquiera puede alejarse de la rutina: un lugar mágico.
La historia cuenta que durante la invasión musulmana al archipiélago (en el siglo XVI) las elites intelectuales de Indonesia se refugiaron en Bali, con lo que se convirtió en el reducto cultural que es hoy, tomando en cuenta que todos los ritos religiosos balineses guardan estrecha relación con el arte, la música y la danza.
Sin perder su pilar de economía agrícola y autosuficiente, Bali ha desarrollado durante los últimos treinta años una oferta turística exótica y sofisticada. La versión de Hollywood que mejor lo recoge es la película Comer, rezar, amar, inspirada en el libro autobiográfico del mismo título de Elizabeth Gilbert (2006) y que protagonizó Julia Roberts en 2010, como una neoyorquina madura que tiene que viajar al otro lado del mundo para descubrirse a sí misma. Así es Bali para todos.

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Oferta
Hay hoteles de cinco estrellas para todos los gustos, restaurantes de refinada oferta, tanto de cocina autóctona como occidental y la comunicación es de primer mundo. Y es que el turismo es la principal industria de la isla, con un 80% de la actividad económica total, recuperada por completo de las secuelas de los atentados de principio del milenio.
Tres islas aledañas a la misma isla, Nusa Penida, Nusa Lembongan y Nusa Ceningan, son reconocidos destinos de surf, sector de viaje que también atiende.
Además, Bali forma parte del ‘Triángulo de Coral’, como se denomina la zona entre Malasia, Nueva Guinea y Timor, donde se encuentran al menos 500 especies coralinas de la región, un área reconocida mundialmente como un importante centro de biodiversidad marina -el Amazonas del mar- lo que atrae a buzos y pescadores deportivos.
Es el hábitat del 52% de las pesquerías de arrecife del Indo-Pacífico y aloja al 37% de los peces del planeta, unos tres mil tipos, incluido el enorme tiburón ballena.
La producción artesanal local es también una marca de identidad de la isla. Todo se hace a mano o registra fielmente algún método de confección tradicional. Las telas o sarongs con sus famosos métodos batik de impresión con cera, el suavísimo tejido de palma con el que elaboran canastas, zapatos y múltiples y originales utensilios y complementos, la pintura local, las máscaras religiosas, la talla en madera o piedra volcánica… Todo Bali parece un escaparate de cosas que te quieres llevar a casa.
Pero la riqueza de Bali también es terrena. El origen volcánico de la isla garantiza su fertilidad.
Todo crece abundante en Bali: exóticas frutas, apreciadas especias y café.
El más curioso, aunque la primera solicitud de denominación de origen indonesia para el café isleño sea la Kintamani, es el Luwak, un grano que se tuesta y muele después de haber sido digerido por el animalito que le da nombre, una especie de perro salvaje que vive libre entre los cafetales de las tierras altas balineses, aterrazadas para cultivar arroz, con el que comparten espacio.
Habiendo pasado por su tracto digestivo (completo), el café Luwak es mucho más suave y aromático, aseguran quienes lo aprecian por encima de cualquier otro y pagan hasta 700 dólares el kilo.

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La cuna del slow food balinés está en Rumah Intaran, en la zona norte.

Comer para sanar
Los cafetaleros tradicionales mantienen las ancestrales costumbres de cultivo que ahora inspiran lo que se conoce como mercado justo y producción orgánica. Siguen la costumbre Subaak Abian, inspirada en las tres “causas” de la felicidad de la filosofía hindú: buenas relaciones con Dios, con los semejantes y con la naturaleza.
Con esa tendencia se desarrolla actualmente una nueva corriente de desarrollo “agroturístico” que quiere despertar otros intereses en los visitantes que ahora se quedan en las playas.
La cuna del slow food balinés está en Rumah Intaran, en la zona norte, a unos 60 kilómetros de Dempasar, la capital de la isla, donde se recuperan las costumbres ancestrales ayurvédicas de alimentación sana y curativa.
El consumo consciente y local, que favorece los cultivos autóctonos y de temporada, recoge la herencia ancestral de soberanía alimentaria, posible incluso en territorio insular, con criterio de sostenibilidad y respeto a la naturaleza.

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“Es en el interior de Bali donde se guarda la esencia de nuestra cultura, lo mucho que tiene que contar nuestro pueblo”, asegura Gilda Sagrado, del Consejo de Turismo de Bali, que asesora a todos los emprendedores que se deciden por abrir sus puertas al turista, desde manejo de tierras, artesanos, artistas, agricultores, floricultores, manufactureros y ganaderos. “La experiencia de nuestra cultura milenaria y nuestro estilo de vida merece ser contada”, sostiene.
I. B. Agung Parthe, el presidente de la junta, y tercera generación en el negocio hotelero, con un hijo preparándose en Suiza para tomar el testigo, cree que es en el equilibrio donde reside la fórmula del éxito.
“Vivimos como nuestros abuelos y honramos sus costumbres, pero aprendemos de las nuevas prácticas y atendemos a nuestros invitados. Bali es para ser feliz”, dice. “Nadie viene tan lejos para no pasarlo bien y nosotros tenemos la responsabilidad de asegurar esa experiencia y renovarla”, sostiene el empresario, decidido a defender que el éxito turístico de la isla no está en riesgo. “Los balineses sabemos que ser diferentes y auténticos es nuestro tesoro y estamos muy orgullosos de nuestra cultura. No nos asusta el progreso ni los cambios, porque es en nuestra esencia donde reside nuestra riqueza”, explica.
Con un área de 145 kilómetros de longitud y 80 de ancho, el turismo de Bali no es masivo y no es porque la isla sea excesivamente costosa. Además de ser uno de los destinos favoritos de Luna de miel, con los clásicos paquetes románticos para dos, hay ofertas para surfistas y ‘mochileros’, pero no para el ‘todo incluido’ que “recluye” a los turistas en instalaciones que podrían estar en cualquier parte del mundo.
“Viajar a Bali es experimentar Bali. No creemos en el turismo impersonal, nosotros apostamos por el conocimiento de nuestras costumbres, para que los que no puedan volver, se lleven un poquito de nuestra isla a sus casas”, recalca Pathe, de familia Brahmán, la casta dominante, y “responsable”, dice, de velar por las mejores oportunidades de futuro para su pueblo.

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Todo el que pasa por Bali quiere quedarse, pero tal vez el gesto más significativo de esa “permanencia” del espíritu de Bali la protagonizó recientemente el mega ídolo del pop David Bowie.
Fallecido en enero de este año, dejó por escrito su deseo de ser cremado según los ritos budistas de Bali y que esparcieran sus cenizas por su inigualable paisaje.
El cantante británico, conocido por su mágico mundo creativo, se decidió por Bali como último escenario, el pedacito de cielo en la tierra, la puerta escondida a la felicidad.