El sol golpeaba con fuerza, pero en el portal de los Zevallos, justo frente a la basílica menor Jesús Nazareno de Atalaya, la sombra es acogedora. Los dueños de casa, los maestros Pedro y Dina Zevallos, nos reciben en la puerta y nos invitan al área más fresca de la casa, la terraza que mira al patio trasero.
Este pueblo, famoso por su devoción religiosa, también es cuna de la orfebrería nacional, algo que se conoce poco. Algunas de las piezas del joyero de la pollera que hoy se consideran tradicionales, fueron fruto de la creatividad de los Zevallos. Dina saca de una bolsa los moldes de hierro realizados por su suegro, Eustorgio Zevallos. Su esposo Pedro los acaricia lentamente y comenta que intentaron robárselos una vez.

Pieza de la familia Zevallos.Ileana Pérez Burgos | Revista MIA
Pieza de la familia de orfebres, los Zevallos de Atalaya.

Cuenta la historia, y Pedro Zevallos la confirma sentado en su terraza, que su abuelo fue el primer orfebre en Panamá.

El bisabuelo cura y el orfebre español
“Mi abuelo trabajó la orfebrería en la segunda mitad del siglo XIX”, cuenta Pedro Zevallos, de su abuelo del mismo nombre.
Su bisabuelo era el “cura” Matías Zevallos, de origen español. Comenta Pedro Zevallos que entonces no había escuelas y los niños eran educados por los religiosos hasta un nivel equivalente al tercer grado.
“Los papás que tenían recursos mandaban a buscar un maestro artesano para que le enseñara un oficio a sus hijos”, agrega Dina.

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Pedro Zevallos, maestro y orfebre de 89 años.

Así que el padre Matías Zevallos trajo a Atalaya al orfebre español radicado en Colombia, Benjamín Ochoa, para que enseñara el oficio a su hijo Eustorgio Zevallos.
“Cuando enseñaron a mi abuelo”, dice Pedro, “la población de Panamá si acaso estaba por un cuarto millón de habitantes. Panamá estaba deshabitado”.
Asegura que Ochoa fue el primer orfebre en venir al país y su abuelo Pedro Zevallos el primer orfebre panameño, aunque entonces Panamá todavía pertenecía a la Gran Colombia. Su bisabuelo había escogido este oficio para su hijo porque en el país no existían orfebres.
Su abuelo le enseñó a su hijo Eustorgio, y así pasó el oficio de generación en generación.
Pedro Zevallos comenzó acercándose a la mesa de trabajo de su papá. Ya para cuando estaba en quinto grado, alrededor de los 10 años, su padre le pasaba los trabajos de reparaciones que le traían las personas, y le permitía quedarse con el dinero que ganaba.
Con ese dinero, Pedro compraba los útiles escolares cada año, “pantalones, camisas, medias, zapatos, pero mi papá me daba la oportunidad y me daba el oro”.
Las lecciones se hicieron esporádicas cuando Pedro se internó en la Escuela Normal de Santiago, de donde se graduó de maestro. Así que él no regresaba a casa hasta el verano, y entonces, seguía aprendiendo.
Zevallos siempre ejerció su profesión de educador, y luego de sus horas en la escuela, se sentaba en la mesa de orfebrería, lo que todavía hace.
El padre de la peineta robacorazones
“Quiero hacer una advertencia”, detiene la conversación con firmeza Pedro Zevallos. “De los tres orfebres, el que logró el más grande desarrollo en el arte de la orfebrería fue mi papá, no fue ni mi abuelo ni yo, porque él era un artista nato”.

La peineta con robacorazones sobre la sien fue creada por el padre de Pedro Zevallos, Eustorgio Zevallos.Ileana Pérez Burgos | Revista MIA
La peineta con robacorazones sobre la sien fue creada por el padre de Pedro Zevallos, Eustorgio Zevallos.

El maestro se refiere a que del ingenio de su padre surgieron piezas como “la flor de guate”, un broche tradicional, inspirado en la flor de este fruto, y que se usa para cerrar cadenas abiertas.
“El guate es una planta semisilvestre, una fruta muy sabrosa, de la misma familia del maracuyá, pero dulce, riquísima”. Comenta que hacía poco había logrado volver a probar la fruta después de unos 40 años de no verla, y la sembró en su patio, “no sé si me nazca”.
El diseño de padre se basó en esta flor, y esta joya a su vez inspiró el Festival de la Flor del Guate, que se celebra en Atalaya.
Su padre también creó, cuenta el maestro, la peineta de robacorazones.
“Las campesinas venían con su vestido típico y usaban un rabito aquí (señala la sien) hecho de grasa. Muy bonito”, Pedro se refiere a los ‘robacorazones’, esos crespos que se hacían las mujeres con el cabello, pegado a la piel, como una coquetería.
Pero llegó un momento en que las mujeres querían ese detalle, pero sin tener que hacérselo con el cabello. Su padre Eustorgio dijo “lo puedo hacer en carey”. Entonces, al cortar la peineta en carey, el orfebre hacía la curva del ‘robacorazón’.
“En eso sí me especialicé yo, en cortarlo con una sierra especial, fina, como del grueso del cabello de un caballo. Con cuidado, porque a veces usted terminaba todo y se quebraba, y perdía el trabajo”, cuenta Pedro.
Como el carey era muy delicado, su padre llevaba la lámina de oro de la peineta hasta cubrir el ‘robacorazón’.
Hoy, explica el orfebre, como la mayoría de las joyas de pollera se hacen en plata, las láminas se hacen gruesas (pues este material es más económico que el oro), y el ‘robacorazón’ va sin la base de carey.

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Moldes para peinetas de polleras confeccionados por Eustorgio Zevallos.

Pero si bien estas creaciones de su padre hoy son confeccionadas por orfebres en todo el país, resalta Pedro que hay técnicas que hacía su padre y abuelo que ya nadie hace, como el repujado.
“El único joyero que tiene las herramientas del repujado soy yo, que fueron hechas por mi papá, porque hoy en día los joyeros panameños trabajan el grabado pero el repujado no, porque no tienen los moldes”.
Explica el delicado proceso de crear los moldes “destemplando” el hierro para dibujar sobre él, un “arte” que ya nadie hace.
“Uno de los éxitos de mi papá como orfebre era que él dibujaba muy bien. El orfebre que no es buen dibujante mejor que deje la profesión porque lo que va a hacer es porquería”, señala con convicción.
Asegura que la profesión se necesita “vocación, entrega total, porque eso no es fácil, usted tiene que inclusive que lidiar con elementos muy peligros, sobre todo, el más peligroso del mundo: el cianuro”.

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Pedro Zevallos trabaja en su taller de orfebrería en Atalaya, Veraguas.

Días sin oro
“Las enseñanzas de mi papá era para trabajar el oro, y ya no se está trabajando el oro. Se está trabajando la plata”, dice Pedro. “Me siento muy mal porque no es lo mismo trabajar el oro a trabajar la plata indiscutiblemente. Cuando se trabaja el oro se está trabajando con un elemento noble, de mucho valor”.
Recuerda que le compraba a su padre las barras de oro de 24 quilates de 50 gramos en el Banco Fiduciario a B/. 1.30 el gramo. Hoy un gramo cuesta de 35 a 40 dólares. “Demasiado costoso”, dice.
“Usted podía vender una cadena abierta de dos bombillos con una flor de guate en 300 dólares. Hoy, si usted consigue el oro y la va a hacer de 14 ó 16 quilates, a como está el oro, esa cadena le va a costar 8 a 10 mil dólares”.
sus colegas le aseguran que ya todos trabajan solo en plata. Es raro un pedido en oro.
Si hubo “una buena decisión” de la que se alegra Pedro, es de haber hecho piezas de oro para su esposa, hija y nieta, a lo largo de los años, de manera que pudieran tener algo de su trabajo, porque hoy no podría pagar el precio del oro.
“Aquí no reza el refrán ‘casa de herrero cuchillo de palo”, asegura su esposa Dina, para quien todavía está haciendo piezas, y quien recibía joyas hechas por su esposo en los aniversarios. Tanto ella como su hija y nieta han sido reinas de festivales de pollera. Su nieta Estefania Zevallos fue reina del Festival Nacional de la Pollera en 2010, y se la reconoce por su influencia en el vestir la pollera en años recientes.
Hoy las piezas de la familia están guardadas en bancos, comenta, pues ya hasta han llegado a su casa para intentar robarles.

Joya confeccionada por Pedro Zevallos.Ileana Pérez Burgos | Revista MIA
Joya confeccionada por Pedro Zevallos.

Entre las historias familiares todavía se acuerdan de la predicción que una bruja le hiciera a Dina a los 15 años: “Usted se va a casar con uno que le va a regalar es oro”.
Cuenta Dina que entonces tenía un novio y ella le dijo. “Usted tiene un novio blanco, pero usted se va a casar con el trigueño”. Le dijo que las cartas le tiraban “oro, oro y oro”.
Viendo a los dos señores sentados en la terraza, con su hablar pausado y de palabras esmeradas, como buenos maestros, sin ninguna pieza de oro, salvo una delgada cadena al cuello de Dina, reluce más la complicidad de la pareja que los destellos del metal.
Caminan con cuidado al patio de la casa del lado, la de uno de sus hijos, donde está el taller de orfebrería. Pedro se sienta a trabajar unas peinetas para Dina, y ella le abraza cariñosamente por detrás.